Salió corriendo de aquel lugar. Con el pelo alborotado y el bolso entre las manos.
Corría cada vez mas rápido; notándose ya en la respiración esos cigarrillos de más que se echa a la salida del instituto, o en alguna fiesta con sus amigos.
Aquellos cigarros, que relajan antes de un examen, o que tranquilizan en alguna situación incomoda.
Pero todo aquello era algo psicológico, los cigarrillos no hacen nada más que perjudicar.
Pero ella no pensaba en eso especialmente.
Fue bajando el ritmo lentamente.
Se tocó el pecho, para sentirse mas segura, y notó que la respiracion fuerte de antes, había disminuido.
Busco un lugar para sentarse, algo un poco seguro, un lugar donde podía aparecer gente en cualquier momento, por si sucedía algo.
Se quedó allí, inmóvil.
Sin entender nada, sin ni siquiera entenderse a ella misma.
No sabia que hacer. No quería llegar a casa. Ni tampoco quería pensar.
Cogió, su móvil (por entretenerse con algo), y sin abrirlo siquiera lo observo.
La cantidad de cosas que habían pasado con ese teléfono móvil.
Y lo examinó, ahora sí.
Primero las imagenes. Mas tarde fue hacia los juegos, pero se dio cuenta de que en aquel preciso momento lo único que no la interesaba hacer, era jugar.
Asique guardó el teléfono en el bolso.
Apoyó los codos en las rodillas y empezó a mirar hacia abajo.
Observó cada piedra que había, diferente tamaño, forma, estilo, casi, casi, como las personas que había observado días atrás, en una visita a Madrid, siendo la única diferencia de que ahora se encontraba sola.
Pero todos esos pensamientos se desvanecieron en cuanto alguien la cogió bruscamente del brazo.
Ella se asustó y como si fuese un reflejo giró la cabeza rápidamente, y antes de ver quien era, aquella persona la abrazó tan bruscamente como en el agarrón del brazo.
No hubo falta que ella abriera los ojos para saber de quien se trataba, ya que nada más por la forma de abrazarla, de sentir ese cuerpo que tanto recorría con sus manos, de oler ese olor tan suyo, supo quien era.
Era ÉL, aquel que le hacía sentir tan bien.
Un poco fatigado por toda la carrera que se había pegado, pero tan perfecto como siempre, aquel rubio.
Y estaba allí con ella, sin fallarla.
Abrazados los dos bajo un manto oscuro, lleno de estrellas brillantes.
Uno junto al otro.Dándose cuenta de que se iban a tener POR SIEMPRE.
Corría cada vez mas rápido; notándose ya en la respiración esos cigarrillos de más que se echa a la salida del instituto, o en alguna fiesta con sus amigos.
Aquellos cigarros, que relajan antes de un examen, o que tranquilizan en alguna situación incomoda.
Pero todo aquello era algo psicológico, los cigarrillos no hacen nada más que perjudicar.
Pero ella no pensaba en eso especialmente.
Fue bajando el ritmo lentamente.
Se tocó el pecho, para sentirse mas segura, y notó que la respiracion fuerte de antes, había disminuido.
Busco un lugar para sentarse, algo un poco seguro, un lugar donde podía aparecer gente en cualquier momento, por si sucedía algo.
Se quedó allí, inmóvil.
Sin entender nada, sin ni siquiera entenderse a ella misma.
No sabia que hacer. No quería llegar a casa. Ni tampoco quería pensar.
Cogió, su móvil (por entretenerse con algo), y sin abrirlo siquiera lo observo.
La cantidad de cosas que habían pasado con ese teléfono móvil.
Y lo examinó, ahora sí.
Primero las imagenes. Mas tarde fue hacia los juegos, pero se dio cuenta de que en aquel preciso momento lo único que no la interesaba hacer, era jugar.
Asique guardó el teléfono en el bolso.
Apoyó los codos en las rodillas y empezó a mirar hacia abajo.
Observó cada piedra que había, diferente tamaño, forma, estilo, casi, casi, como las personas que había observado días atrás, en una visita a Madrid, siendo la única diferencia de que ahora se encontraba sola.
Pero todos esos pensamientos se desvanecieron en cuanto alguien la cogió bruscamente del brazo.
Ella se asustó y como si fuese un reflejo giró la cabeza rápidamente, y antes de ver quien era, aquella persona la abrazó tan bruscamente como en el agarrón del brazo.
No hubo falta que ella abriera los ojos para saber de quien se trataba, ya que nada más por la forma de abrazarla, de sentir ese cuerpo que tanto recorría con sus manos, de oler ese olor tan suyo, supo quien era.
Era ÉL, aquel que le hacía sentir tan bien.
Un poco fatigado por toda la carrera que se había pegado, pero tan perfecto como siempre, aquel rubio.
Y estaba allí con ella, sin fallarla.
Abrazados los dos bajo un manto oscuro, lleno de estrellas brillantes.
Uno junto al otro.Dándose cuenta de que se iban a tener POR SIEMPRE.

joe, maria
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