lunes, 9 de abril de 2012

El valor del perdón.


Perdóname, te lo suplico, decía la canción.
Pero perdonar no es tarea fácil. El perdón ni se compra ni se alquila, tampoco se regala, ni le toca a uno en una rifa. El perdón brota, nace como fruto de un germen, de una mezcla de empatía y arrepentimiento de una alquimia que se genera, llamada quizá, amor. 
Para ello, primero hay que gestarlo en las entrañas y amasarlo mucho en esas profundidades, para que la semillita de ese amor necesario, enganche.


Los perdones son dones que escasean.


Aunque parezcan cerradas, las heridas siguen latentes y escuecen. La brecha, el trauma, el antes y el después del hecho conflictivo siguen siempre vivos e, incluso, hasta el recuerdo de lo que dolió se repite como el ajo.
Hay perdones y perdones... Unos, esenciales para sobrevivir, otros, para seguir viviendo y con la ayuda del tiempo conseguir trascenderlos.
 Para ello uno debe diluirse en el mismo foco del dolor, zambullirse en él con la efervescencia de una pastilla de magnesio y dejar que el azufre y la química de su llama azul actúen y transformen el resentimiento en comprensión. No nos queda otra, la negación del perdón nos conecta y nos enfrenta con nuestra propia crueldad. Ya no hay que neutralizar la maldad del otro, sino la nuestra, que nos la han despertado y no hay quien la duerma.
El perdón no es un favor que hacemos a los demás, sino un bien que nos hacemos a nosotros para alejarnos y liberarnos del horror de lo que vivimos definitivamente, impidiéndole que su acto provocador encuentre eco en nosotros. 
El perdón no es una dádiva ofrecida al otro que no hirió, sino una elección consciente, un antídoto imprescindible contra el veneno, un acto de amor hacia uno mismo. 


Debemos perdonar aunque no nos lo pidan, y aquellos que deberían ser perdonados deberán obtener el más inalcanzable, quizá, de los perdones: el de uno mismo.











- El País 31 de Marzo de 2012

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