domingo, 30 de octubre de 2011

Abrió los ojos lentamente sin prisa; y caminó despacio. No sabía a dónde ir, ni donde iría a parar.
Seguía caminando, un poco inquieta, mirando hacia los lados, dándole vida a esos tirabuzones dorados de su pelo. Nerviosa, pero serena; segura de sí misma, daba un paso, otro más, y otro, aún mas convencida de lo que hacía. No tenía miedo. No sabía lo que hacía. Pero ella era así, fuerte y decidida.
Esos ojos marrones claros de color miel parecían transparentes. Parecían un espejo. Reflejaban sus entrañas.
Era bella, muy bella.
El camisón blanco que a penas le tapaba, se levantó. Una ráfaga de aire hizo que se le pusiese la piel de gallina.
Frágiles pasos. Andaba descalza, de puntillas. Dejando al descubierto esas piernas tan largas de tez morena.
Desde luego, eran únicas; esas piernas y ella misma.
Helena seguía andando. Ajena a cualquier ruido, o movimiento.
Todo estaba muy oscuro.
Pero ella no paraba de caminar ausente, perdida en sus pensamientos. Pensamientos que aquellos ojos marrones desvelaban.

Algo echaba en falta. Una persona, un sueño inalcanzable, promesas incumplidas; ese algo que desvelaban sus ojos sabía qué era, pero le costaba reconocerlo. 
Una y otra vez lo negaba. No era cierto, ella no echaba de menos aquello.

Un grito ahogaba su garganta.
¿Dónde estaba esa seguridad que tenía en cada paso que daba? ¿Y esa fuerza por seguir adelante?
No podía moverse, sus piernas no se movían, temblaban, como cada parte de su cuerpo. Sufría por dentro, mucho, muchísimo, demasiado.
¡VAMOS!- Se decía una y otra vez.
Pero no podía.
Algo le tocó el hombro; abrió los ojos rápidamente y vio a su madre junto a ella. La abrazó y unas lágrimas transparentes bajaban por la cara de Helena. 
Su madre la susurraba que todo iba bien, mientras que le acariciaban aquellas ondulaciones doradas.


La verdad le hacía daño.

No hay comentarios:

Publicar un comentario