Abrió los ojos lentamente sin prisa; y caminó
despacio. No sabía a dónde ir, ni donde iría a parar.
Seguía caminando, un poco inquieta, mirando hacia los
lados, dándole vida a esos tirabuzones dorados de su pelo. Nerviosa, pero serena;
segura de sí misma, daba un paso, otro más, y otro, aún mas convencida de lo que
hacía. No tenía miedo. No sabía lo que hacía. Pero ella era así, fuerte y decidida.
Esos ojos marrones claros de color miel parecían transparentes. Parecían
un espejo. Reflejaban sus entrañas.
Era bella, muy bella.
El camisón blanco que a penas le tapaba, se levantó.
Una ráfaga de aire hizo que se le pusiese la piel de gallina.
Frágiles pasos. Andaba descalza, de puntillas. Dejando al descubierto
esas piernas tan largas de tez morena.
Desde luego, eran únicas; esas piernas y ella misma.
Helena seguía andando. Ajena a cualquier ruido, o
movimiento.
Todo estaba muy oscuro.
Pero ella no paraba de caminar ausente, perdida en sus pensamientos. Pensamientos que
aquellos ojos marrones desvelaban.
Algo echaba en falta. Una persona, un sueño
inalcanzable, promesas incumplidas; ese algo que desvelaban sus ojos sabía qué era, pero le costaba
reconocerlo.
Una y otra vez lo negaba. No era cierto, ella no echaba de menos
aquello.
Un grito ahogaba su garganta.
¿Dónde estaba esa seguridad que tenía en cada paso que
daba? ¿Y esa fuerza por seguir adelante?
No podía moverse, sus piernas no se
movían, temblaban, como cada parte de su cuerpo. Sufría por dentro, mucho,
muchísimo, demasiado.
¡VAMOS!- Se decía una y otra vez.
Pero no podía.
Algo le tocó el hombro; abrió los ojos rápidamente y
vio a su madre junto a ella. La abrazó y unas lágrimas transparentes bajaban
por la cara de Helena.
Su madre la susurraba que
todo iba bien, mientras que le acariciaban aquellas ondulaciones doradas.
La verdad le hacía daño.
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